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En 1916 Juan López Núñez publicó en Madrid, en la Imprenta Renacimiento, un curioso libro titulado Triunfantes y olvidados (episodios de la historia desconocida). Por allí desfilan ilustres desconocidos cuya fama y dinero los enalteció un día y la pala del olvido, unas veces con violencia y otras con displicencia amorosa, los convirtió en nada, polvo que eres, ni siquiera polvo enamorado. Allí se encuentra, por ejemplo, D. Manuel Fernández y González, prolífico novelista del XIX, al que el editor Guijarro en la calle de Preciados pagaba mil reales diarios que el escritor iba a cobrar personalmente. Apartaba de los mil reales un duro ‑destinado a su esposa‑ y con el resto, y a lomos de su jaca Pastora, llegaba a comer al Café Imperial, en la Puerta del Sol, para cenar después en el Café Inglés. Esta vida “ilustre” y reconocida por el público quedó sin público y sin lustre el 6 de enero de 1888, en la calle Amor de Dios de Madrid (dejó en herencia seis reales, que se encontraron en su chaleco) y su cadáver fue depositado para su velatorio en el Salón de Actos del Ateneo.
Cuenta tambien López Núñez otras vidas muy diversas. Por ejemplo, la de Pelayo del Castillo , o la de Carlos Rubio, o la de Emilio Carrere. Fueron existencias bohemias, cercadas muchas de ellas por el hambre, algunas bien regadas de alcohol, otras embozadas solamente en capas y sombreros de deambular nocturno, adormiladas en divanes de tertulias, febriles los ojos, los sueños aspirando a la gloria.