El Cristo de nuestra fe. Karl Adam. Prólogo Versión directa del alemán por Daniel Ruiz Bueno. Tapa dura. Editorial Herder. Primera edición. 1958.En la primera parte y a manera de introducción, Karl Adam inicia con una sentencia bastante profunda: el cristianismo es Cristo. Afirmar esto es profesar que la dogmática católica es cristocéntrica; dicho de otro modo, que la cristología ocupa el centro de la dogmática católica. Todas las verdades de fe sobre gracia, sacramentos y la Iglesia son en el fondo la contemplación y estimación total de la obra redentora de Cristo. Aún más, sólo la fe cristológica, dice K. Adam, produjo la fe trinitaria, ya que sólo en el Hijo adquirimos certeza del Padre y del Espíritu Santo: « Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre» (Jn 14,7). De tal manera que con la fe en Cristo se mantiene firme o se derrumba toda nuestra actitud religiosa. Pero, ¿de dónde nos viene la fe? Podemos responder con toda seguridad que esta fe la hemos recibido de nuestra madre la Iglesia, ya que sólo por su confesión de Cristo vino ella a ser la comunidad de los creyentes y la Iglesia Cristiana. Ella es su cuerpo, y como comunidad de fe, la Iglesia es la predicación de Cristo que tiene conciencia de sí misma. Ante esta realidad, K. Adam dice que todo el que busca a Cristo sin la Iglesia, todo el que sólo se fía de su inteligencia y de la crítica, renuncia a la posibilidad de hallar al Cristo viviente. Y es que si no tuviéramos a la Iglesia viva, en que Cristo se realiza ininterrumpidamente, los Evangelios y las Cartas de los Apóstoles serían para nosotros letra muerta. La herramienta de la crítica podría entonces reducir a añicos el testimonio eclesial y hacer imposible una fe gozosa y triunfadora. Y K. Adama cita a Schleiermacher: «La autoridad de la Sagrada Escritura no puede fundar la fe en Cristo. Más bien hay que suponer esa fe para asegurar a la Escritura santa una particular autoridad ». Podemos decir que Schleiermacher reconoce a la Sagrada Escritura una autoridad sólo en cuanto es producto genuino del espíritu común de la Iglesia Cristiana. K. Adam agrega que sin el testimonio de la Iglesia, las noticias bíblicas sobre Jesús resultarían insuficientes. La Iglesia y la Sagrada Escritura se compenetran, no se les debe separar, porque la Sagrada Escritura es la expresión literaria y eco de su originaria conciencia de Cristo, de su experiencia íntima de Cristo. Es claro el cristocentrismo de la dogmática católica, cuya fuente, como hemos dicho, es la Iglesia.