Siempre he creído que el mayor daño a la poesía se lo había infringido la propia poesía. Lo creí, hasta que una tarde gélida y lluviosa descubrí a Bukowski; casi por azar. Me lo encontré, justo como se encuentran las almas. Y por él volví a creer en la poesía. Porque los poemas también tienen mal olor, también son irredentos, y pueden vagar desestructurados sin que eso sea un sacrilegio. Intentando en su danza el nefasto equilibrio entre lo mundano y lo burdo. Logrando balancear el morbo entre lo erótico y lo grotesco. Diciendo lo que solo se murmura a los espejos. Una tarde con Bukowski es el ejercicio más intricado de realidad; justo lo que debe ser la poesía. El envío se realizará en 48/72hrs.