Crémer, Victoriano: Los trenes no dejan huella, León, Santiago García Editor, 1986,Tapas duras con sobrecubiertas, 270 pág, láminas b/n, 22x16
Este es uno de esos libros que los escritores se reservan para el final, cuando el mundo ya no les rodea sino que discurre a sus pies. ¿Se trata de una novela o son, más bien, unas memorias, más que prudentemente disfrazadas en el discurso narrativo, sutilmente expuestas? El autor ya lo advierte: en este libro se cuenta la historia secreta de una ciudad. El nombre de la ciudad, los sucesos, las señas de personas y cosas forman pane de un solo juego. ¿La habilidad narrativa del autor? No. El juego es la memoria pura y dura. Y no exactamente la del autor, sino la memoria secreta de la ciudad, la memoria otra, cáustica, áspera a veces, divertida siempre si se atiende a ella sin complejos. Esa memoria que las ciudades pequeñas se afanan en esconder en sus trasteros con menos rubor que descarado susto.
«Crémer es rebelde y en todo se le nota», escribió Max Aub en su Historia de la Literatura Española. Es cieno. Tan cieno entonces como ahora, porque en este libro también se le nota.
* VICTORIANO CREMER
Poeta y escritor, de amplia y personal obra que se afirmó en los tiempos más duros para la literatura española, de la cual es hoy una de las personalidades más significativas que permanecen a pie firme en su trabajo, como lo demuestra este libro.
Estamos ante uno de los forjadores de la revista Espadaña, de la que fue protagonista principal. Premio Nacional de Poesía (1963), Boscán (1952), Nueva España de México (novela, 1958), Ciudad de Barcelona (1971), entre otros.
Autor de una veintena larga de obras, en verso y prosa, como Tacto sonoro (1944), Fábula de B.D. (1946), La espada y la pared (1949), Nuevos cantos de vida y esperanza (1951), Furia y paloma (1956), Libro de Caín (1958), Lejos de esta lluvia tan amarga (1974), Los cercos (1976), Libro de San Marcos (1980) y Ultima instancia (1984).
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