El Siglo de la Ilustración. El despotismo ilustrado y los enciclopedistas. Carl Grimberg. Tapa dura. Colección Panoramas Culturales. Ed. Daimon. 1ª Ed. 1968. Desaparecido el gran monarca francés, figura cumbre de un siglo, la vida política de Francia en el plano internacional parece aletar-gada, como siguiendo el impulso de su pasada grandeza por fuerza de la inercia. En cambio, la Gran Bretaña sigue una trayectoria ascendente durante el amplio paréntesis comprendido entre el reinado de Ana Estuardo y la época en que se plantea el problema de las colonias americanas, cuando no se concebía que pudiera forjarse al otro lado del mar una nacionalidad nueva y pujante. Entretanto, se realiza la transformación de la monarquía parlamentaria, gracias a la mediocridad de los primeros reyes de la dinastía Hanover, que reinan, pero apenas gobiernan. Esta fue precisamente la primera brecha que pudo abrirse en la fortaleza del régimen monárquico absolutista, y por ella empezó éste a desmo-ronarse. El sistema del gabinete o grupo de ministros solidariamente responsables ante las Cámaras será un precedente del liberalismo. Durante el siglo XVIII empiezan a adquirir importancia fundamental los imperios coloniales, y Francia e Inglaterra lucharán por ellos. Pero, en realidad, la iniciativa política pasa cada vez con mayor decisión a las potencias del centro y norte europeos: Prusia, Rusia y Austria. «Todo para el pueblo, pero sin el pueblo», se repite con insistencia. Es una forma de limar —de disimular— el absolutismo, que adquiere tonos paternalistas y filantrópicos, y que se denominará «despotismo ilustrado». Pero éste, por muy Ilustrado que sea, nunca deja de ser despotismo, y los pueblos europeos, cada vez más conscientes de su destino, pugnan por resolver estas contradicciones latentes. A pasos agigantados, el mundo culto se aboca al grandioso período de las revoluciones y de las luchas nacionales por la romántica independencia de sus pueblos.